En el 2005 un reconocido teórico de la universidad de Chicago, Thomas P. Hughes, publicó un libro sobre la historia de la tecnología1, en el que reflexionaba acerca de que ésta no tenía necesariamente que ver con el desarrollo de artefactos, sino que principalmente, por las estructuras que su manera de operar habían incorporado a las dinámicas sociales, su función era más la de otorgar una valiosa aportación a la modificación de manera creativa y novedosa, de los actos que la gente realizaba para relacionarse con su entorno y transformarlo.
Uno de los ejemplos más claros de este hecho ha sido, desde finales del siglo pasado en donde ni el conocimiento ni el arte eran ya propiedad exclusiva de grupos privilegiados, la simbiosis entre tecnología y vida cotidiana cada vez más evidente, la cual genera con su lógica operativa mucho más que máquinas enajenadoras o electrodomésticos imbéciles, y se convierte en sustento y plataforma para el desenvolvimiento de expresiones artísticas que modifican la comprensión que tenemos de nuestro entorno y la manera en que nos relacionamos con él.
La tecnología, además de soportar y difundir las expresiones artísticas surgidas de los contextos urbanos, es inspiradora y gran responsable de la deconstrucción y reinterpretación estética de estos espacios colectivos en todo el planeta, en donde desde taggers de secundaria hasta grafiteros elaborados y artistas conceptuales que intervienen la ciudad, establecen con esta tecnología vínculos además de “uso”, también de “operatividad”. Las maneras en que los se vinculan en los pequeños espacios tecnológicos de la vida cotidiana (cybercafes o la compu armada en la sala del cantón), y la manera en que ellos recrean esa realidad virtual, se reproduce en la calle a sólo unos pasos, operando también en ésta como en un sistema al que han desarrollado la capacidad de vigilar, burlar y reconfigurar, cada vez de una manera más explícita y generalizada. Una tecnología que operativiza la acción directa y la intervención de las ciudades, a partir de sus formatos propios en una labor de “desestabilización y reinterpretación” de los sistemas estéticos y colectivos de las urbes.
Un lenguaje para las calles del mundo.
Hace ya más de quince años, cuando comenzaban a aparecer las primeras placas en la ciudad, encontraba en ellas una expresión sensible, elaborada y atractiva, llena de trazos libres pero equilibrados que me hacían experimentar el gusto que se siente frente a las cosas bellas. Con los años, esta sensibilidad me creció cuando me vi en películas y revistas que las placas del barrio de Santa Tere, las de las fabelas en Brasil, las de Alvarado Street en California, las de las cités en Francia y las de las calles del ghetto sudafricano por mencionar cualquier lugar del mundo, eran técnicamente las mismas: compartían un mismo código que sólo sus hacedores entendían, echo de trazos similares, a pesar de que sus lenguas o culturas no lo fueran; con técnicas muy parecidas, mientras que su temática y sus caligrafías desarrollaban las mismas mañas, y por otro lado generaban sus especializaciones, incorporando elementos de las culturas locales y creando así una especie de esperanto2 universal que compartían en lo que hasta entonces entendí, significaba ese término de la “aldea global”.
Era una perfecta metáfora: se trataba de personalizar a través de hacerse presentes en los muros de la ciudad, a una estructura que en sí misma era despersonalizadora, gris y de producto en serie, marcando de esta forma en todo el planeta una pequeña herida que le diera la identidad que los actores sociales, con premisas y filosofías diversas, coincidían en querer adjudicarle como una manera de reivindicar a los sectores que de alguna forma en todo el orbe, estaban siendo sitemáticamente relegados. Al principio quienes plaqueaban eran los disidentes, los activistas, los homosexuales, los punks y los miembros de cualquier otro movimiento libertario, y ya después, mucho tiempo después, lo hicieron todos los adolescentes que no eran ninguna de estas cosas pero que finalmente experimentaban las mismas reacciones frente a contextos tan similares.
Las placas por un lado, eran expresiones “artísticas” con todas las de la ley si consideramos que éstas son, en el principio de su definición, una expresión abstracta de la cultura que busca imitar la realidad, no necesariamente en concordancia con la cultura homogénea que oficializa todo lo demás. Por otro lado, representaban una denuncia contra valores tan modernos como los de apropiarse impunemente de los espacios cuya naturaleza es evidentemente pública (y esto se lo debería decir alguien al candidatito ese de la FEG que borra piezas de arte urbano por poner sus panfletos electorales), o estar tan encima de todo y todos, como para dictaminar qué es lo bonito y qué es una travesura… qué pared se pinta y cuál no.
Su desafío pretendía otorgar una personalidad a los espacios que consideraban “de todos”, por medio de una punzada no muy dolorosa pero si incómoda, que expresaba la necesidad tan similar de hacerse escuchar por un mundo que se obstinaba en silenciar.
La revolución de los niños.
Hace quince años cuando comenzaron a aparecer las primeras placas, no podía comprender cómo era posible que una expresión tan marginal, tan de la calle y tan corriente según la censura de mi mamá, estableciera esas complejas redes no sólo de información sino también de organización y acción directa, que a esa edad a mi sólo se me ocurrían como telequinéticas… no entendía cómo era que todas las calles del mundo estaban sudando la misma tina.
Las compus llegaron con algunos años de retraso a Guadalajara. Entonces no teníamos la capacidad de ver la relación que establecería todo este movimiento de tomar las calles y hacer arte en sus paredes, con la tecnología que cada día se instauraba más en la vida de las clases medias primero, de las masas después. Eso me lo enseñó un camarada que había leído este artículo de wired en donde hablaban sobre los chicos a quienes ahora les tocaba el turno de hacer su revolución. Así como a las mujeres, a los indios, a los negros, a los homosexuales y a cualquier otra minoría les había llegado a lo largo del siglo pasado su momento de reivindicarse frente a una sociedad necesariamente cada vez más inclusiva, así ahora los adolescentes, el último grupo marginal, tenía su oportunidad para hacerse escuchar. A través de las plataformas tecnológicas, morros de 16 rompían los códigos de seguridad del pentágono y del federal bureau of investigation, desestabilizaban los mercados bursátiles y las plataformas financieras del mundo, creaban empresas fantasmas, cometían fraudes millonarios y todo, con la misma sencillez pero entrega obsesiva con la que compartían videojuegos, pornografía y muchos de ellos, hacían sus trazos frente al ordenador.
Así también en las pequeñas y pretenciosas ciudades del tercer mundo, y de todo el mundo, primero con correos electrónicos y luego ya con sitios webs, blogs, comunidades virtuales y sistemas de mensajería instantáneos, los muchachos se daban cuenta del movimiento de arte en las calles que ebullía en todo el planeta y se sumaban a él, tomando referencias, desarrollando su propia cultura y retroalimentando ese mismo espacio “virtual” que era en donde la revolución de las calles, en verdad se estaba gestando.
Al igual que penetraban los redes computacionales y establecían nuevos órdenes, de la misma manera lo estaban haciéndolo con las calles. “Las ciudades eran el sistema, el código estaba formado por paredes, vías de circulación, coches, edificios, tráfico, policías, gente… y los artistas urbanos por medio de su trabajo estaban ofreciendo un alterado de este contexto: una versión actualizada de la ciudad, del sistema”.
Aquí estaba la respuesta: esta era la manera en que se enteraban los muchachos de todo el mundo de lo que estaban haciendo los muchachos del resto del mundo. Compartían su trabajo, sus experiencias, y hasta sus vidas. Y todo estaba en la red.
Lo que comenzó con una placa.
Hace quince años cuando comenzaron a surgir las primeras rayas, la emoción y la forma de vida implícitas en su realización motivaron a los chicos que las hicieron aparecer en paredes de edificios, bardas abandonadas, anuncios espectaculares, monumentos, bancos, casas, señalamientos viales y lugares cada vez más impensados. Pero a pesar de que eran obras de la tecnología las que conectaban a esta gran tribu mediática y le daban su carácter global como expresión artística, todavía no quedaba del todo clara la relación de arte de las calles y la evolución de las aplicaciones pragmáticas del conocimiento científico.
A pesar de ello el mundo seguía su ritmo y los muchachos que rayaban paredes crecieron; algunos de ellos se hicieron artistas o fueron a la universidad: se convirtieron en diseñadores, creadores plásticos, arquitectos o pintores. Fue así como llevaron las raíces de su trabajo más allá, ya fuera legal o ilegalmente, y enriquecieron, a su vez enriquecidos por el fuerte movimiento a nivel mundial que cada día derribaba más fronteras, la escena local. En nuestra ciudad hay muchos ejemplos de estos. Evolucionaron su técnica y la llevaron al grafiti, los pósters, la placa, el mural, el sticker, los sténciles, la instalación y el arte objeto. A una plataforma de expresión sólida que se convertía en un pulso tangible de la actividad creativa en las ciudades, y de su capacidad para modificar el espacio.
Frente a escenarios en donde la única constante es el cambio, en donde la transformación es lo único que mantiene vivos y vibrantes estos espacios para sus habitantes, el arte da paso a lo fortuito: la ciudad impersonal se convierte en un espacio que se puede adecuar a la estética que genera su propio contexto, identificándose con el paisaje cotidiano e incorporándose con gran naturalidad a las calles las cuales utiliza como su gran bastidor, y a sus eventos y desórdenes como fuente de inspiración.
Con la intención ya anunciada por los teóricos y críticos postmodernos de sacar el arte de los museos y regresarlo a su lugar de origen, esto es, a las calles, los nuevos artistas han seguido replanteando día con día la estética urbana y el acceso público a las manifestaciones creativas. Su trabajo está mostrando una tendencia: las interfaces tienden a desaparecer. Interface es todo lo que nos conecta al universo virtual. En última instancia el cuerpo humano se está convirtiendo en la interfase para que las calles y las rutas de la web, enseñen los mismos trazos y colores. Finalmente no es algo nuestro, tiene que ver con las pantallas y paredes como lienzos de un momento que cada día se replantea y transforma, mezclando los mundos de la realidad como la conocemos hasta el día de hoy, y el surgimiento de un nuevo universo al que bien podríamos migrar, de las calles, al espacio virtual soportado por la tecnología.
Publicado por Mátika, revista electrónica www.matikarevista.com
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